Empezaba a cansarme de estar sentada conmigo misma, dejando que las palabras volaran sin terminar de posarse, preguntándome no por primera vez, para qué servía un libro sin sobresaltos, cuando de pronto algo en la página se adelantó a mi reflexión, ¿un sentimiento? ¿Una sospecha? No sabría explicarlo, solo sé que ese algo había cobrado cuerpo y me obligó a seguirlo, al igual que el conejo de Alicia en el país de la maravillas pensé, y como Alicia, por curiosidad y hasta por una obediencia leve que nace de golpe, me dejé ir tras esa frase sin saber hacia dónde me llevaba…
No advertí el momento exacto en que la lectura dejó de ser lectura y empezó a convertirse en otra cosa, porque no hubo caída ni sacudón, apenas la sensación de que el tiempo se estiraba y el mundo conocido quedaba suspendido, como si hubiera decidido detenerse. Yo avanzaba detrás de las palabras, cada vez más adentro, cada vez menos consciente de la silla, de la luz, del afuera.
Entonces me descubrí en un lugar que no recordaba haber buscado, lo supe familiar con la naturalidad con que se reconocen los sitios a los que se vuelve sin saber por qué y me sentí casi en casa…
Las casas aparecieron antes que esta historia y una convocó a otras. Aquella era extraña pero a la vez tenía un aroma conocido, un aroma sin nombre, sin tiempo, un aroma a desayuno recién hecho, a rosas esperándome en un florero. Lo primero que me inquietó fue la certeza de que ya había estado allí, aunque no pudiera aseverarlo. Con cuidado empujé la puerta y haciendo a un lado mi aprehensión, pensé, como siempre se piensa, que una casa es solo un espacio. Un conjunto de habitaciones. Un techo. Un adentro.
Pero aquella era algo más. Era amplia y silenciosa. No había nadie en la entrada, todo parecía en orden: los muebles en su sitio, el aire quieto, una limpieza sin brillo. Caminé despacio, la casa tenía su propio pulso y yo debía acompasarlo. Sin apuro. Sin interrupciones. Me asomé al cuarto de la derecha que hablaba de una vida mínima y repetida: una silla cerca de la ventana, un libro dejado boca abajo, un tejido abandonado, promesas de actividades que podrían reanudarse en cualquier momento…
Una casa donde se vive sin urgencias, donde los días se sostenían por una rutina heredada, casi sin palabras. Avancé por el pasillo, largo, era una típica casa antigua, las habitaciones se sucedían y al fondo, como era de esperar: la cocina. “Nos gustaba la casa…”.La frase tembló en el aire que se había enrarecido. Ese verbo pulsó en mi memoria y entonces un susurro completó el resto: “… porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda nuestra infancia…”. Cada vez estaba más seguro del lugar donde me encontraba como si aquel interior me perteneciera, me protegiera y al mismo tiempo me expulsara, como si una sombra sonriera desde los rincones, como si el mismo Cortázar fuera a aparecer en cualquier momento.
Sin gritos ni explicaciones, sin discusiones ni comentarios volví sobre mis pasos, caminé hacia la salida…
Las puertas se sucedían pero ahora cerradas con una precisión que no parecía casual. Entre un paso y el siguiente, el espacio era cada vez más pequeño. No lo veía, pero lo presentía: La casa se iba achicando y yo caminaba, aceptando el nuevo límite como si lo hubiese esperado. Cuando lo comprendí abrí la puerta de calle, salí sin precipitaciones y con la certeza de lo inevitable la cerré con llave. Me quedé un momento en la vereda, en mi mano pesaban unas llaves inútiles y en mi mente latía una frase: “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”. Las tiré a la alcantarilla antes de que fuera demasiado tarde, repetí en mi mente. Casa tomada pensé, lo supe, no se sale indemne de ciertos lugares: apenas se los obedece.
La vereda de aquel barrio porteño de golpe se volvió más larga, más polvorienta. El aire perdió humedad y empezó a pesar. Caminé unos pasos y ya no hubo veredas sino tierra apisonada, no hubo casas alineadas sino fachadas bajas, descascaradas, como si el tiempo se hubiera detenido a mitad de un gesto. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. La frase no la dije, no la escuché, simplemente se materializó en mi mente como si alguien la hubiera dejado flotando para que yo la recogiera…
Juan Rulfo no se equivocó ni en una coma cuando escribió: “Comala está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”. Caminé rozando el polvo y presintiendo a Rulfo a mi lado escuché sin oir: “Las calles estaban solas. Las casas, cerradas. No se oía más que el murmullo del viento”. En realidad era un murmullo espeso, un hablar sin cuerpos. Eran casas que no protegían sino que retenían, hechas para que la gente se quedara incluso después de haberse ido.
A pesar de lo incierto de aquel momento, yo me sentía Juan Preciado, no tuve miedo y para convencerme recordé literalmente: “No había nadie viviendo allí. Aunque seguía oliendo a viejo, a algo que se pudre”.
Finalmente me animé y entré en una. El interior era oscuro, sofocado, con un calor antiguo que subía desde el suelo. “Aquello está sobre las brasas de la tierra”, y entendí que allí las casas no te aprisionan ni te expulsan: te invitan a vivir desde la muerte.
Había sillas arrimadas a las paredes, camas sin nadie, patios donde el polvo conservaba huellas que no llevaban a ninguna parte. Nadie salió a recibirme. Nadie me echó. En Comala no hace falta. Las casas cumplen otra función: alojan voces, sostienen culpas, repiten historias hasta que alguien las escucha.
Supe entonces que había sido expulsado de una casa para llegar a un pueblo que me tragaba. En aquella, bastó con cerrar la puerta; de aquí no había salida. Las casas de Juan Rulfo no se abandonan, se recuerdan desde adentro, como si uno mismo se hubiera vuelto pared, eco, polvo. En Pedro Páramo de Juan Rulfo los vacíos están llenos de muertos que no saben irse.
Me senté en un banco bajo una galería derruida, las palabras seguían volando, posándose ahora donde menos lo esperaba al igual que una premonición…
Por eso casi ni me asombré cuando el polvo de Comala se asentó y tras una espesa bruma de selva tropical, sin pedir permiso, otra casa se materializaba.
Fue como verla construirse delante de mí y no pude menos que intuir la presencia sempiterna del primer José Arcadio Buendía y fueron sus palabras las que buscaron mi mente: “Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros”. Y supe que estaba en Macondo y el sonido de aguas que corrían, ríos o arroyos o todo eso junto me lo confirmó: “Macondo está rodeado de agua por todas partes”. El murmullo líquido me envolvía mientras pensaba, sabía que aquella casa estaba hecha de palabras mágicas, una casa “realmente maravillosa”, que volando desde las páginas de Cien años de Soledad me sujetaba imitando las lianas que pendían de los árboles a mi alrededor.
Quizás fue el aire enrarecido de esa selva que parecía enmarañarse alrededor de mis piernas o talvez haya sido el vuelo de las palabras que no pedían permiso, lo cierto es que leyendo la última frase de la novela sentí que esa casa lo resumía todo y dejé de buscar porqués: “…porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Una cacatúa pasó volando y rozó mis cabellos, no pude menos que entrecerrar los ojos y al abrirlos me vi parado sobre una especie de cinta transportadora. Alrededor, las escenas se sucedían en cámara lenta y poco a poco la selva se fue evaporando, los olores y la humedad desaparecieron, los colores y la bruma espesa dieron paso a una noche inmóvil, calles vacías, sin gente, sin autos, en cada esquina semáforos inútiles parpadeaban. La ciudad dormía, atravesada por una luz amarillenta que no provenía de la luna sino de faroles antiguos apostados a lo largo de la calle. Una ciudad silenciosa, detenida en una hora imprecisa, como si el tiempo igual que la gente hubiera decidido acostarse temprano. El asfalto brillaba mojado y las casas se alineaban con una discreción cansada, parecían observar sin curiosidad, callar por costumbre. No era una ciudad hostil, pero tampoco acogedora. Era una ciudad que esperaba.
Caminé unos metros y supe sin razonarlo que aquella noche no era del todo real. Las ventanas cerradas, los balcones a oscuras, el sonido lejano de un reloj marcando una hora irrelevante, y una casa. Todo me empujaba hacia allí…
No destacaba por su tamaño ni por su forma. Era una casa común, urbana, ligeramente apartada del ruido que había aprendido a volverse invisible. Empujé la puerta y entré. Adentro, el espacio no se organizaba en líneas previsibles, reinaba la penumbra y un silencio donde los recuerdos parecían materializarse. Los muebles viejos, los papeles acumulados y los objetos olvidados como si toda vida pasada se resistiera a desaparecer, y al fondo, casi escondido, un cuarto pequeño.
Conjurando los fantasmas del pasado me atreví a entrar en aquel espacio desordenado y polvoriento que intuí cargado de secretos y recuerdos, un rincón íntimo donde la memoria y la imaginación cobran vida y donde el pasado irrumpe en el presente. En los rincones, cajas de cartón guardaban objetos sin orden: cuadernos viejos, antiguas cintas de grabación, pequeños recuerdos que no parecían reliquias sino restos de una vida todavía activa. Sobre una mesa baja se apilaban papeles escritos a mano, sobres abiertos, fotografías sin marco; una silla sostenía libros marcados con dobleces, otros abiertos por la mitad, como si alguien hubiera tenido que interrumpir la lectura sin decidir todavía dónde retomarla. Sentí que un libro me estaba destinado y abrí en el punto de lectura: “Porque es un poco así, el tiempo transcurre a hurtadillas, disimulando, no le vemos andar”. La frase describía mejor que lo hacen mis palabras aquel espacio y mis manos acompañaron mi certeza cuando cerré las tapas para corroborar el título, efectivamente, El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite.
No estaba dispuesta a abandonar el libro así como así, solo me tomé un segundo para mirar a mi alrededor. Nada estaba dispuesto para ser mostrado; todo parecía haber quedado exactamente donde fue dejado, al igual que esos cuentos de la infancia que creímos dejar atrás y que, sin embargo, nunca nos abandonaron. Abrí el libro y casi por embrujo las palabras me asaltaron: “Los cuentos bonitos siempre hacen perder la noción del tiempo y, gracias a ellos, nos salvamos del agobio de lo práctico”. Cuánta razón Carmen, musité, si supieras cuantas veces los cuentos me han salvado. Me quedé un tiempo ahí parada, ensimismada, despacio fui buscando la puerta de calle, aquella no era una casa para habitar sino un espacio para demorarse, para escuchar los objetos hablar sin levantar la voz. Quizás por eso antes de salir escuché: “El cuarto de atrás era el territorio del desorden, de lo prohibido y de la imaginación”, resonó con claridad, y enseguida: “Las casas guardan la memoria de quienes las han vivido”. Nunca sabré si fue mi imaginación, la voz de Carmen Gaite o algún objeto impreciso que vino a pintar una sonrisa en mi rostro. Traspasé el umbral de aquella casa, el umbral también entre lo vivido y lo pensado, entre la infancia y la escritura, entre la escritura y la memoria, entre la memoria y la perpetuidad...
Entonces todo empezó a retirarse con la delicadeza de un telón que cae sin ruido. Las casas se deshicieron, primero en palabras, luego en frases sueltas, después en una sensación apenas tibia, como cuando uno intenta recordar un sueño que ya se está perdiendo. Sentí que el peso del cuerpo regresaba, que la silla volvía a ser silla, que la luz recuperaba su forma doméstica y el tiempo su paso regular. Parpadeé. El libro seguía abierto sobre mis rodillas. Pero algo había cambiado, mi pregunta tenía una respuesta: “Un libro siempre presenta sobresaltos”, solo hace falta sentirlo, saborearlo.
Durante un instante me quedé inmóvil, con esa lucidez frágil que separa el sueño de la vigilia, preguntándome, al igual que Alicia, si todo aquello había ocurrido de verdad o si no había sido más que “una especie de sueño extraño”. Con la mano acaricié la página, tratando de comprobar que algo de ese viaje persistía todavía allí, esperando. Casi me sentí Alicia despertando a la orilla del río, con la cabeza apoyada en el regazo de su hermana, intentando ordenar las escenas imposibles que acababa de atravesar. También ella había obedecido a una curiosidad leve, casi insignificante. También ella había cruzado un umbral sin advertirlo.
Cerré el libro con cuidado. Supe entonces que las casas, todas esas casas, no habían desaparecido, sino que se habían replegado, pacientes, dispuestas a regresar en cuanto otra frase se adelantara a mi reflexión. Me levanté despacio, todavía con la sensación de haber estado en otra parte, y comprendí finalmente que los libros sin sobresaltos no existen. Que toda lectura verdadera es una caída suave. Y que, como Alicia, una nunca vuelve del todo igual del lugar al que entra siguiendo las palabras.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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