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Puro cuento

La palabra cuento tiene poderes mágicos. El cuento a la hora de dormir, el cuento en el jardín de infantes, el cuento cuando aprendemos las primeras letras, el cuento que contamos para decirle a mamá porqué llegamos tarde o a nuestros amigos para demostrarles lo maravillosos que somos, el cuento a nuestro jefe cuando necesitamos un día libre. El cuento.
El cuento nos acompaña casi desde que tenemos memoria y a lo largo de nuestra vida no nos abandonará jamás. Pero literariamente hablando, ¿qué es un cuento?
Simplificando una definición que no es sencilla, podemos decir que el cuento es una historia o narración breve de carácter ficticio o real y con un argumento fácil de entender. Pero ojo que un relato es lo mismo y aunque todo cuento es un relato, no todo relato es un cuento.

Es sabido que el relato existe desde que el hombre existe. Etimológicamente la palabra “contar” evolucionó desde la enumeración de objetos hasta la de acontecimientos, para convertirse en “relatar”. Actualmente, el término “relato” se usa en tres sentidos diferentes: el discurso hablado mediante el que se narra un suceso o una serie de sucesos; la serie de sucesos reales o ficcionales que son objeto de ese discurso; el acto de la narración.
El relato propiamente dicho es un texto narrativo ficcional de extensión muy variable: brevísimo o de hasta cincuenta páginas aproximadamente. Dentro de esa extensión admite libertades argumentales que el cuento propiamente dicho no admite. El cuento no permite cabos sueltos, todo debe girar alrededor de un único tema central sin digresiones, sin temas aleatorios, como sucede en el relato que en ese sentido se asemeja más a una novela.
Escribir un cuento es casi un hecho mágico, capaz de reunir en torno al relator a los seres más heterogéneos. Escribirlo implica no desestimar la reacción de los lectores, el cuento se escribe con la ayuda del lector, el escritor debe plantearse las preguntas que el eventual lector se plantearía y darles respuesta dentro de los límites del cuento. Asimismo el arte de escribir cuentos es “poder decir mucho con muy poco”, por eso quizás la clave fundamental del cuento está en sugerir más que en contar los hechos, concentrar una idea en muy pocas palabras. Sin embargo no es que un cuento sea bueno por su brevedad, sino porque el buen cuentista sabe contar algo extenso en forma breve. Para ello el autor omite partes del episodio pero sin escatimar información de manera arbitraria.

¿Qué es un buen cuento?

Definirlo es fácil si nos remitimos a una idea generalizada admitida por todos: “relato en prosa más corto que una novela”. Sin embargo una buena definición requiere un enfoque más preciso. Para quienes escriben y desean conseguir buenos cuentos, puede definirse como un mecanismo de relojería perfecto.

En el cuento el acontecimiento es fundamental: el cuento se limita a un solo hecho central. “El cuento, cuenta algo que le pasa a alguien”.
Se escribe un cuento para transformar un hecho trivial y corriente en una experiencia trascendental, al menos para el instante en que dura el cuento. Se suele decir que la escritura se inicia cuando un hecho transgrede la rutina habitual, no porque el hecho trivial deja de serlo sino porque crece en nuestro interior. Así, el cuento en su desarrollo va creciendo en torno a ese hecho hasta convertirse poco más o menos en una especie de obsesión, al menos para los personajes que viven ese instante del cuento. El cuento es simplemente eso: un instante detenido, el breve instante en que dura la narración. El cuento se inicia tiene un comienzo y se dirige siempre hacia un final, pero sus elementos giran siempre en torno al hecho o tema que lo generó. Sus características son bien pocas y fundamentales:

La brevedad: El cuento es suficientemente corto para ser leído de un tirón, como lo definía Edgard Allan Poe. Produce un efecto (noción central del cuento) cuando puede ser leído de una sola vez.
Una única historia: A diferencia de la novela, que pone en escena una serie de personajes, el cuento se centra en el héroe.
Aunque los hechos incluyan a varios personajes, gira en torno a lo que le pasa a uno de ellos. Por ejemplo: se puede hablar de todo un pueblo, pero siempre en función del protagonista. El protagonista podría ser la sirvienta extranjera de la casa principal y todos: patrones, vecinos, turistas, animales y objetos, girarán en torno a ella.
Dinamismo: No es un retrato ni una descripción. No describe estados, sino que narra la evolución o la transformación de alguien. Las acciones son fundamentales y son el alma de un cuento que exige una trama cerrada que avance desde el planteamiento del tema hasta su resolución.

Un cuento no es un relato y por supuesto no es una novela ni el resumen de esta. Pero, ¿por qué confundimos relato con cuento? En principio porque desde la Antigüedad se denominó cuento a toda historia breve. El Decamerón de Gianni Boccaccio es, en verdad, un conjunto de relatos pero se los denominó siempre cuentos. Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, escritos en la última parte del siglo XVI, es una colección de relatos organizados en una trama general que consiste en que varios peregrinos de distintas clases y profesiones se comprometen a narrar historietas. No son cuentos sino relatos, aunque siempre se los conoció con esa denominación.

En el siglo XVII, en Francia, La Fontaine titula Contes (cuentos) a unas narraciones versificadas, de cierta vinculación con la literatura folclórica. Cabe señalar que tanto en Francia como en España, casi al término del siglo XVII, la palabra cuento está cargada de ciertos matices folclórico-fantásticos y se refiere a un texto corto que hereda su nombre de la transmisión oral, y no tanto de las técnicas, que como obra literaria posee el cuento propiamente dicho. Porque el cuento posee técnicas que son exclusivas y que lo convierten en un género distinto ¿Mágico? ¿Poderoso? Sí y hasta epifánico.

James Joyce, uno de los representantes más ilustres de la corriente de la conciencia, tiene un estilo literario supeditado a la psicología de los personajes. Son las ideas, los pensamientos, a veces lineales, a veces revueltos, los que marcan la acción; la emoción se inyecta en el lector a través de las palabras, de la inacción de los personajes, de las revelaciones a las que llegan juntos, lector y personaje, y que se convierten en lo que el escritor solía llamar sus Epifanías.

Para una definición exacta de la intencionalidad del cuento, si tomamos la primera acepción de la RAE que dice que epifanía es una manifestación, una aparición, una revelación, en el cuento es el instante en el que el protagonista de la historia descubre algo en la trama que le hace avanzar y evolucionar, es una revelación, probablemente un conocimiento que ya tenía de forma inconsciente pero que la trama del cuento pone de manifiesto. Esta epifanía está muy relacionada con el conflicto y la transformación del protagonista.

Esa mescolanza entre cuento y relato, que ahora sabemos que no son lo mismo, viene de épocas remotas y solo en la primera mitad del siglo XX aparecen fórmulas de singular eficacia narrativa que han fortalecido el género hasta transformarlo en algo distinto: el cuento.
Algunos escritores que comienzan a darle forma al género son: Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Y es en la zona del Río de la Plata donde el cuento propiamente dicho se reviste de esas características propias que lo diferencia de su primo hermano: el relato. Gracias a autores de la talla de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, entre otros, el cuento es cuento y deja de ser relato. No quisiera dejar afuera a ningún cuentista de la envergadura por ejemplo de Abelardo Castillo, Liliana Hecker y más cerca de nuestros días cuentistas como Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Gabriela Cabezón Cámara y largo etcétera.

El relato y la novela son los ancestros del cuento y han abonado el terreno para que este género tan jovencito pueda descollar desde la sencillez pero con la magia de una epifanía, con el brillo de una supernova o la cadencia de una orquesta sinfónica, cuyos instrumentos se ajustan para expresarse como si nos hablara una sola voz.
El cuento nos seduce con su embrujo, brilla sin ostentación, su voz se hace oír sin estridencias, y desde su maravillosa pequeñez, nunca nos dejará indiferentes.


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