El amor es como el mar, dije una vez sin pensarlo demasiado, como si la frase me hubiera sido dictada por una voz que no era exactamente mía sino de algo más antiguo, más salado, más persistente. Después me quedé mirándola, como se mira una puerta que uno acaba de cerrar sin saber si dejó algo importante del otro lado. La miré como había mirado la portada de Océano mar de Alessandro Baricco cuando me dejó del otro lado de una frase imposible de calificar: «Si hay un lugar en el mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí. Ya no es tierra, todavía no es mar». Y pensé que esa frase me había abierto el alma y que tal vez el error había sido creer siempre que el amor podía entenderse …
Y es que las frases, lo supe tarde, no revelan: solo manifiestan, y luego siguen flotando.
Desde entonces, cada vez que vuelvo a esa idea, algo en mí se desordena. El mar no es solo un elemento, eso es lo primero. El mar es muchas cosas al mismo tiempo: superficie y abismo, calma aparente y violencia latente, repetición y cambio, algo que te lleva y te trae de una orilla a la otra. El amor, si uno se deja llevar por esa primera intuición, también te deja en otra orilla. Pero no estoy seguro de que comparar el mar y el amor sirva para entender. Tal vez solo sirve para abrir puertas que después ya no podremos cerrar.
Conocí a Clara en una tarde que no parecía destinada a convertirse en recuerdo. Había una luz indecisa, como si el día no terminara de resolverse entre quedarse o irse. Yo estaba sentado en un banco, no importa cuál, los bancos son todos el mismo banco cuando uno espera algo sin saber qué está esperando. No la estaba esperando y ella se sentó sin pedirme permiso, como hacen las personas que desconfían de las coincidencias. Como yo.
—El amor es como el mar —dijo, sin saludar.
No sé cómo suenan las voces de otras conciencias, la de Clara es tan parecida a la mía que en un primer momento no hice caso de sus palabras. Luego, la risa de Clara me hizo voltear la cabeza y entonces repitió:
—El amor es como el mar.
Y tuve que admitir que las coincidencias existen, o las casualidades o…
No me sorprendió. O sí, pero de una manera extraña, como si alguien hubiera pronunciado en voz alta un pensamiento que yo todavía no había terminado de amasar.
—Entonces es peligroso —fue lo único que se me ocurrió …
—No… es inevitable.
Después nos quedamos en silencio. Y ese silencio con sabor a amalgama fue la primera forma de lo que sucedería después.
Hay una frase de Roland Barthes que me persigue desde hace años: «El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro». La leí en un libro que ya no tengo, Fragmentos de un discurso amoroso, según creo recordar, lo cierto es que en ese momento comprendí que cuando el amante habla no solo dice cosas, sino que «toca» al otro con su voz, con sus palabras y en ese roce, en esa fricción, las palabras dejan de ser palabras: se acercan, tantean, buscan tocar algo del otro, como si la voz intentara llegar donde el cuerpo no alcanza. Y sin embargo, algo queda siempre afuera, como cuando la ola se retira antes de tocar del todo la orilla.
Con Clara hablábamos mucho, pero lo importante no era lo que decíamos. Era lo que quedaba suspendido entre las palabras, como la espuma cuando el mar se aleja.
—El mar repite —me dijo una noche—, pero nunca vuelve al mismo lugar.
—Eso es falso —le dije—. Las olas siempre vuelven.
—No —respondió—. Eso es lo que creemos desde la orilla.
Y un día entendí, o creí entender, que el amor engaña a quien lo mira desde la orilla. Y pensé que tal vez Cortázar tenía razón: «Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma». Todo lo que habíamos dicho no era más que una forma de acercarnos, de rozarnos apenas, como si las palabras tuvieran su marea alta y su marea baja y también quisieran tocarnos antes de cumplir su ciclo.
Clara solía explicarlo de otro modo. «Amar es combatir», dijo una vez, con esa precisión que le venía de Octavio Paz. «Si dos se besan, el mundo cambia». Yo le decía que eso era demasiado solemne, que nadie combate cuando besa, que más bien se rinde. Clara sonreía apenas, como si yo estuviera diciendo algo que ya habíamos dejado atrás. Decía que no, que en el beso también hay algo que se resiste, una mínima distancia que no desaparece, como si dos cuerpos pudieran acercarse todo lo posible y aun así quedar un resto, una especie de hilo tenso que no se deja cortar …
—El problema —decía— es que queremos que el amor sea estable, como una mesa. Pero el amor es inestable, como el agua.
—Y sin embargo —le respondía—, insistimos en construir sobre él.
—Claro —decía—. Por eso se cae.
Y se reía. Clara tenía una risa que no terminaba nunca de decidir si era alegría o advertencia. Yo no había visto el mar en muchos años. Había olvidado su ruido, su insistencia, su manera de ocuparlo todo sin pedir permiso. Pero Clara hablaba del mar como si lo llevara dentro, como si cada gesto suyo respondiera a los flujos de la marea.
Un día me propuso viajar.
—Necesito que lo veas —me dijo refiriéndose al mar— si no, vas a seguir creyendo que esto es otra cosa.
—¿Esto qué?
—Esto —dijo, señalando el espacio entre nosotros, como si fuera un objeto.
Miré, pero no había nada que pudiera señalarse. Y sin embargo estaba ahí, como esas cosas que empiezan sin aviso y después ya no se van, algo que se instala entre dos y cambia de lugar todo lo demás. Clara lo llamaba «esto», supongo, porque decir otra cosa habría sido nombrarlo, y eso era peligroso.
No le respondí. A veces el silencio no es una falta de palabras, sino una forma de resistencia como el mar cuando se repliega y guarda su fuerza antes de volver a golpear la orilla.
En el tren, porque decidimos ir en tren, como si el tiempo tuviera que dilatarse para que el viaje tuviera sentido, Clara se quedó dormida apoyando la cabeza en mi hombro. Yo no me moví. No por delicadeza, sino por una especie de miedo: temía que cualquier desplazamiento, por mínimo que fuera, rompiera algo que todavía nos quedaba.
Pensé entonces en otra frase, esta vez de Rosario Castellanos: «El silencio es el único lenguaje que no se presta al malentendido». Y en ese no decir nada había, de pronto, una forma de claridad. Porque con Clara, cuanto más intentábamos explicar lo que pasaba, y aunque resulte paradójico con su nombre: menos claro resultaba.
Y el mar apareció de golpe, como aparecen las cosas que siempre estuvieron ahí pero que uno no había mirado. No hubo transición: un momento antes había campo, y al siguiente, esa extensión que no se deja abarcar. Sin solución de continuidad donde terminaba la estación empezaba la playa. Clara no dijo nada. Bajó del tren, caminó hasta la orilla y se quedó mirando …
Yo tardé un poco más. No por prudencia, sino por una forma de incredulidad, como si el mar fuera una exageración, algo que me superaba.
Cuando finalmente me acerqué, el ruido me golpeó primero. No era un sonido uniforme, sino una superposición de ritmos, de insistencias, de pequeñas rupturas. Y entonces entendí algo que no supe poner en palabras: el mar también es algo que ocurre, algo que vuelve y avanza, que se va y regresa, que insiste hasta ocuparlo todo, como el amor.
—¿Y? —preguntó Clara, sin mirarme.
—Tenías razón —dije.
—Siempre tengo razón —respondió y sonrió.
Nos quedamos varios días. O tal vez fueron semanas. El tiempo, frente al mar, pierde su forma habitual y se vuelve otra
cosa: una especie de respiración, de sentimiento talvez.
Caminábamos mucho. A veces hablábamos, a veces no. Había momentos en los que Clara parecía completamente presente, y otros en los que se ausentaba sin moverse, como si algo en ella se retirara.
—El amor no es estar juntos —me dijo una tarde—. Es saber que el otro puede irse.
—Eso es terrible.
—No —dijo—. Eso es lo único que lo hace real.
Pensé en Sartre, en esa frase incómoda: «El infierno son los otros». Pero Clara parecía decir lo contrario: que el infierno no es el otro, sino la ilusión de que el otro nos pertenece y lo que es peor, la angustia de pensar que pertenecemos a alguien.
Una noche, mientras el mar estaba particularmente inquieto, Clara me preguntó si yo la amaba.
No respondí de inmediato. No por duda, sino por sospecha. Las preguntas directas suelen ser trampas.
—¿Qué significa eso? —le dije.
—No te hagas el filósofo —respondió— es una pregunta simple.
—No hay preguntas simples, —dije— solo respuestas apresuradas.
Clara se quedó en silencio. Después dijo:
—Entonces no.
—No dije eso.
—Pero tampoco dijiste que sí.
Y ahí, en ese pequeño intervalo, algo se quebró. No de manera dramática, no hubo gritos ni gestos exagerados. Fue más bien como una fisura en algo que parecía sólido.
A partir de ese momento, todo cambió, aunque externamente siguiera igual. Seguíamos caminando, hablando, durmiendo juntos. Pero había una distancia nueva, una especie de marea baja que dejaba al descubierto zonas que antes estaban cubiertas.
—El mar también se retira —dijo Clara— y cuando lo hace, muestra cosas que preferiríamos no ver.
No le respondí. Había aprendido que algunas frases no buscan respuesta, sino resonancia.
Pensé mucho en el amor durante esos días. O mejor dicho, en la palabra amor que repetimos como si resumiera algo inalterable, cuando en realidad cambia apenas dejamos de mirarlo, como el mar.
—Lo creemos inalterable —le dije a Clara y para ser sincero ya no sé si me refería al amor o al mar o a los dos—, como si fuera una fotografía.
—Y no lo es —respondió—es más bien una película que nunca termina de montarse.
—O peor —dije—. Una película que se monta mientras la vemos.
Clara asintió. Por primera vez en mucho tiempo, estábamos de acuerdo sin reservas. El último día, el mar estaba en calma. No esa calma engañosa de la superficie, sino una quietud más profunda como la del amor cuando deja de agitarse y simplemente es. Algo se había aquietado también en nosotros, en nuestras miradas, en los gestos que repetidos como un vaivén nos habían llevado y traído, buscando la orilla …
—El amor es como el mar —dije, ya sin rimbombancias. Clara se mantuvo en silencio. Lo pensé un momento y agregué: —No nos pertenece.
Clara me miró. No con sorpresa, sino con una especie de resignación.
—Exacto —dijo—. Y por eso duele.
Nos separamos poco después. No hubo una escena final, ni una despedida memorable. Simplemente, un día Clara no estaba. O tal vez fui yo el que dejó de estar. No importa. Las separaciones, como las olas, no siempre tienen un punto exacto.
Volví a la ciudad. A los bancos, a las tardes indecisas, a las frases que se dicen solas. Durante un tiempo intenté entender qué había pasado, como si lo ocurrido pudiera reconstruirse con lógica.
Pero el amor no se deja narrar sin perder algo esencial. Lo que llamamos amar no es más que una manera de decir y es que el amor es tan inmenso que nombrarlo es limitarlo. El nombre es una cárcel para el sentimiento.
A veces vuelvo al mar que no siempre es el mismo. Me siento en la orilla y escucho. No busco respuestas. Apenas dejo que el ruido, desigual, insistente, a veces áspero otras suave, me atraviese.
Pienso en Clara. No como se piensa en alguien perdido, sino como se recuerda una marea: algo que vino, transformó y se retiró, dejando en la orilla una forma nueva que ya no vuelve a ser la de antes.
Algunas tardes, casi sin querer, repito la frase: El amor es como el mar. Pero ya no intento explicarla. La dejo ahí, como algo que va y viene. Y quizás la única certeza que me permito sea la de entender que nadie sabe del todo lo que nombra cuando dice «amor». El amor no es algo que se explica, no es algo que se comprende, no es inalterable ni para siempre. El amor va y viene. Como el mar.

Profesora de escritura creativa y coordinadora de talleres literarios, editora y correctora literaria, reseñadora y crítica literaria.
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